mercredi, mai 02, 2012

Noviembre 28, 2011

Hoy es un día triste. Hoy es tu cumpleaños y es una fecha que todo lo que hace es recordarme cuánto tiempo hace que te fuiste de ti y de mí. Es una fecha que estrella contra mí, esa imagen que me gira como pesadilla en el alma y golpea imparable. Tu cuerpo enfermo despertando en la gélida soledad protegido apenas con un pedazo de plástico con olor a miseria, latiendo desesperado por que llegue el ...día en que no tenga que abrir los ojos y ver que sigue aquí, vivo a medias, respirando por obligación, gritando furia por los ojos, recorriendo las mismas calles que te han visto morir en vida, en busca de licor barato aun sabiendo que ya no sirve para mitigar, ni para olvidar, ni para morir. Y estás y no, y nada parece poder traerte de vuelta.

vendredi, avril 27, 2012

MARZO 22, 2012

Dos años y nada...sigues aquí. Latiendo fuerte en mí, en la memoria de María, en tu canción inolvidable, en tu sonrisa franca. Dos años que se parecen más a dos días largos y te escucho y te siento pero también faltas y por eso te abrazo y te digo que te quiero...te lo digo quedito porque sé que estás cerca, te lo digo como si estuvieras al lado mío y desde aquí celebro la alegría de tu vida que de paso fue también mi alegría.

mercredi, avril 04, 2012

La matriz y un par de aretes.

Yo nunca he sido buena para eso del glamour. Soy pésima para los accesorios, una vez que me gusta, paso años con el mismo par de aretes. Me maquillo de milagro, siempre me he hecho la misma raya en los ojos y rizado las pestañas del mismito modo. He llevado el cabello largo prácticamente toda mi vida. Difícilmente cambio de marca de ropa…de hecho difícilmente cambio de ropa. Cuando era joven -y no es que ahora ya no lo sea, es sólo que ahora lo soy diferente- tuve como muchas mujeres un tiempo flaco, sí. Fui flaca en el mismo tiempo en que podía gastar el dinero en idioteces así que compré ropa indiscriminadamente. Un día, por travesura y en el ánimo, debo confesar, de fastidiarle la vida a una exjefa, fui y compré atuendos monísimos para estrenar uno cada día por no sé cuánto tiempo. (¡!)

El mundo era mío…era una mujer divorciada y radiante que gozaba de una buena figura, unas manos de princesa de cuento de hadas, una cabellera envidiable, el corte perfecto, todas las mañanas alguna se me acercaba a preguntarme cómo o con qué me peinaba (¿¿es en serio?? yo nunca le he preguntado algo así a nadie). Vivía sola, ganaba lo suficiente para no privarme de nada que me gustara. Conducía un auto del año, bailaba hasta las 5 de la mañana en los mejores lugares de la ciudad porque eso sí, cómo me gustaba bailar. No había nada que disfrutara más, acompañada de grandes amigos que felizmente conservo. De hecho, tengo la fortuna de que ellos sean lo único que conservo de aquellos días.
La estupidez parece haberse ido. Esto no lo puedo dar por bueno, eso sólo lo dirá el tiempo.

El hecho es que el tiempo pasó, los kilos volvieron, la vida giró, se acomodó, se revolvió y se volvió a acomodar hasta que un buen día en la oficina dije, desde el fondo de mi corazón: “Tengamos un bebé…”. Del otro lado del teléfono, todo lo que se escuchó fue “Sí”, ni un ruido más.
Así, sin más qué decir y creyendo que todo era así de fácil, sin temores ni preguntas, mi hija llegó 9 meses después de esa conversación telefónica breve pero fundamental en la vida de quienes ahora formamos esta familia.

Ese embarazo fue además de tranquilo, muy generoso conmigo. Indoloro, calladito. Y es entonces que te crees el dueño del mundo, crees merecerlo todo porque Dios ya confió en ti y Él no se equivoca. Crees también que todo te será dado igual de fácil de ahí en más. Sucede que no. Sucede que la vida no para de girar, ni de cambiar, ni de sorprender. Dos pérdidas y 4 años después fue que conseguimos ser padres de nuevo y es entonces que regresa a ti la humildad de reconocerte en ese ser indefenso que ves en el espejo cuando sabes que pudiste perderlo todo.

Yo sólo perdí la matriz y ese par de aretes que ya sabes, un día me gustó y nunca me quitaba…

El Mico

jeudi, février 09, 2012

Te Amo

Siempre te lo digo, una y cien veces te lo digo. Te amo con este corazón egoísta y bruto que no aprende a vivir sin tu palabra y tu aliento. Y es que eres base, fondo, paz. Eres desde tu dolor, la mejor versión posible de ti para mí. Eres alma y vida, regalo y cosecha, y te amo. Y lo hago por montón de razones y aún sin ellas lo haría sin dudar, desde adentro. Porque eres raíz y pilar…eres... camino, eres mi barco a la deriva y mi tierra firme. Eres mi regreso a casa, mi regreso al tiempo, eres mi norte y mi sur, eres dirección y equilibrio y te amo y sé que un día te habrás ido y sentiré que nunca te hice suficientes preguntas, y sentiré como ahora, que no he hecho mi equipaje de lo que quiero quedarme tuyo porque pareciera que nunca será suficiente mi tiempo contigo, y creeré que no sé nada de lo que debí haberte aprendido, y aún a pesar, sabré en secreto conmigo que has hecho un buen trabajo y no he sido tiempo perdido.
Amo tu sonrisa, tus sonidos, todos y cada uno de tus latidos, y vuelvo a ser del tamaño de un niño y me pierdo en tu cobijo y te amo y me lleno los ojos de ti, aquí…cerquita, conmigo. Te amo, Ma.

El Mico

samedi, février 02, 2008

%1

vendredi, décembre 22, 2006

mercredi, novembre 29, 2006

Evitando vacíos...

...hay que saber hacer el amor con algo más perdurable que el cuerpo

lundi, octobre 30, 2006

Desencuentros

Hace poco más de 4 años fui pedida en matrimonio por un hombre casi niño que pensó al igual que yo, que éramos el mutuo amor de nuestras vidas. Mi final de 2002 transcurrió entre la Navidad que nunca ha sido mi fuerte, y una serie de confrontaciones que casi me hacen por segunda vez, abandonar la idea de casarme. En el verano del 2000 me eché para atrás con todo y que varias cosas de la boda estaban en marcha pero no en la marcha nupcial que yo esperaba de los acontecimientos para sentirme completamente segura de lo que estaba haciendo. Esta vez, aunque parecía diferente tampoco lo era sólo que siendo la segunda, me pareció un exceso volver a desilusionar a todos (todos quiénes??) y opté por decepcionarme a mí misma según yo, sin daños a terceros. Para la primavera del 2003, dije “sí acepto” tomada de la mano del hombre casi niño que decidió arriesgarse a la aventura que suponía estar casado conmigo, una mujer 6 años y medio mayor que él con serios desajustes cada que se le acerca el periodo menstrual. Recién desempleada, enemiga de la violencia pero visceral hasta morir, con una imperiosa necesidad de sentirse protegida aunque no sepa bien de qué. Antagónica total de lo que la madre de mi entonces esposo esperaba para su hijo y una familia completa compartiendo la antipatía por mí. Vino entonces la ruptura con la familia política desde antes de la boda y ampliamente ratificada el día mismo del enlace. De acuerdo a las circunstancias y como consecuencia del paso y compromiso adquirido, empecé a jugar el rol de esposa y ama de casa. Los huecos y las soledades que ya estaban ahí aún antes de casarme, se agudizaron como gripa en invierno y empezaron a mostrar los peores ángulos de esto que siempre he sido. Obviaré los detalles por engorrosos y porque son elementos poco útiles al relato de estos 4 años. Hoy lo que densa es regresar la mirada a aquellos días en que a pesar de ser ya el monstruo que soy ahora, era un ser rodeado, arropado, muy arropado de gente y de cosas, con una actividad social no envidiable pero más o menos ocupada. Decorosamente ocupada, diría yo. El portazo que le he metido a la vida hace parecer que en lugar de 4, fueran 20 los años que han pasado y sólo quedara el fantasma de aquello que tanto brilló. Lo cierto es que suelo necesitar mis espacios y cuando delimito, no hay invitación que sirva. Temporada de refugio, tiempo de pensar. Hace dos años, la crisis post-divorcio se disolvió tan eficazmente como el matrimonio y vino entonces la recuperación de las ganas. Las de vivir, las de disfrutar y contrario a lo que se pudo suponer, vino una de las épocas más desmadrosas y felices de toda la historia. Todo era bailar con la vida rodeada de una generosa tranquilidad. Generosa y contradictoria porque la verdad de los hechos es que fue una parranda permanente y lo más sonriente de todo: una parranda sustentable emocional y materialmente. Etapa Pro-pain Después, no diré cómo pero todo se descompuso. Todo el desaliento posible en el mundo entero se recargó implacable como en una roca resistente. Como en pasamanos de metro, como en barandal de escalera. Crisis sobre la crisis. Anoche, Michelle –Michu pa los cuates- me llamó al móvil. Hoy por hoy quien me quiera encontrar (cosa que últimamente no sucede mucho) debe hacerlo en el celular. Es así que Michu me llamó; no puedo negar que la llamada me sorprendió a mil. No somos grandes amigas, no tanto como nos hubiera gustado pero por razones que después ella misma revelaría, me llamó y raro también, por algún motivo tomé la llamada…-este periodo ermitaño en el que estoy metida, me hace dejar que el celular suene hasta que se pierde la llamada cuando no creo tener nada que hablar con quien me marca-. Ahí estaba ella, con su voz fresca y campechana que siempre le percibo y también como siempre, me saluda. Dada la rareza de la llamada –sábado por la noche-, descubre que no entiendo qué hace llamándome por lo que decide rápidamente y con la voz entrecortada, decirme que está separándose de su marido. Dentro de lo muy poco que sé de ella, está que hace algún tiempo su matrimonio sufrió una separación. Nada nuevo en estos tiempos en los que la verdadera novedad es que los matrimonios jóvenes duren juntos. Cuando me lo confía, veo en sus ojos y en su voz, el gran alivio de que la separación terminara milagrosamente en una reconciliación que los tenía juntos de nuevo. Sentí ese reconforte que sólo te puede dar una noticia como esa habiendo pasado por la muy amarga experiencia de la separación y me hizo recuperar el aliento tanto como si fuera mi matrimonio el que se hubiera salvado. Eso nunca sucedió pero me hacía sonreír la sola idea de pensar en que uno de cada muchos matrimonios ‘pausados’ se salvan no sé cómo ni por qué. El de Michu era una de esas maravillosas excepciones de las que a uno le gustaría formar parte. Al final yo entré en el otro lado de la estadística; estoy del lado de las que tienen que pensar qué hacer con el vestido de novia que no cabe en el único closet de un departamento de interés social de escasos 40 ó 50 m2. Esos departamentitos en los que los matrimonios clase medieros de esta ciudad terminan viviendo sus historias rosas de recién casados hasta que la crisis y la mutua estupidez se devora los sueños compartidos. Como si Michu me leyera la mente, se apura a decirme que acude a mí porque yo ya pasé por eso y quizá pueda darle algún consejo. (¡¡¡¡!!!!) Nooo!, me declaro totalmente incompetente para el caso. Mi vida sentimental y en general mi vida, no podría caminar por peor rumbo que el que lleva ahora y alguien en este mundo cree que soy su mejor opción para aconsejarle sobre algo tan devastador??? Yo no creo ser su mejor opción, creo que soy la única. Con el paso de las cosas y al calor del humor negro, he descubierto la gastritis que puede hacerle a alguien en crisis, convivir con gente feliz. No hay peor cosa. Es como una patada en... bueno, piensa en el rincón más vulnerable, ahí. Yo suelo imaginarme historias sobre la gente que me rodea. Es relativamente sencillo imaginar la trama. Cuando la película es de otro y no mía, me resulta fácil hacer peliculitas en la mente sobre cómo es la vida de ese ser enfadosamente feliz que tengo enfrente. (Aviso importante: Siempre me equivoco y son mil veces más infelices de lo que parecen) Eso puede estarle pasando a Michu y por eso le viene mejor acudir a mí. Quedamos de encontrarnos mañana después del trabajo para platicar y desde anoche no se me ocurre ninguna cosa inteligente que decir o al menos algo que le haga sentir que resuelve o alivia en alguna medida su situación. Todo lo que se me ha ocurrido es preguntarle si tiene claras las razones. Lo único útil que recuerdo de mi psicóloga cuando ‘analizó’ mi caso, fue que al conocer las razones de la separación tuvo elementos suficientes para declarar mi incipiente matrimonio, como diría Robbie Williams: officially dead. Hace dos semanas ‘rompí’ con una de mis mejores amigas. Sí, me enfadé, me dolí y rompí. No fue necesario decírselo. Lo supo de inmediato y como pasa siempre que esto pasa, ha guardado distancia y silencio. He descubierto lo mucho que me enoja sentir que yo siempre estoy para los demás aunque para ello tenga que atropellar mis propios intereses y esos ‘demás’ no estén para mí en la misma medida. Eso puede no ser un hecho y tratarse sólo de una percepción personal pero cuando ese sentimiento te asalta más seguido de lo que quisieras, terminas por darte permiso de ser una cabrona amargada y enojarte por el simple hecho de sentir que los demás te fallan cuando más los necesitas. No sé qué haré o diré mañana; me parece que pueden pasar dos cosas. Que Michu, dos tazas de café y yo hagamos una digna representación de cualquier capítulo de Sex and the city y dos, que descubra que ni aunque yo llevara 4 divorcios en lugar de uno, tendría respuestas para ella, ocasionando entonces que ella termine respondiendo sus propias preguntas.

mercredi, mai 17, 2006

Todo por algo...

Detrás de cada luz que se apaga, hay un cirio de vida que se erige luminoso y eterno, siempre listo para aliviar el desaliento, para alumbrar la senda. Nada dura más ni menos de lo que nació para durar. Nada termina antes de tiempo. Toda puerta que se cierra, lo hace para no interrumpir el paso de la que está por abrir. Nada de lo que parece que se pierde, se va sin dejar algo ganado. Cada alma que toca a otra, lo hace para cimbrar la vida a la que llega y dejar ese perfume de recuerdo y de lección. El sabio paso del viento, apaga las velas necesarias para que el ciclo de cada mundo siga su curso, para que las cosas y las almas vayan y quizá hasta regresen replanteadas en el escenario de un nuevo día y oportunidad, y regalen nuevos retos iluminados siempre, con cirios de vida…luminosos y eternos.

lundi, mai 08, 2006

La bitácora

Mayo siempre será un mes especial para mí. Las razones son varias y diferentes todas. A una sin duda, la patrocina la flojera. Cuando niño y todavía un poco cuando adulto, mayo tiene varias bondades. Para empezar viene de los entusiasmos que el 30 de abril trae consigo. Se conecta con el 1º que no se trabaja, le sigue el 5 que al menos en tiempos escolares, tampoco se va a clases. Le sigue el 10 que ya todos sabemos lo que implica. Después el 15 para los maestros y para terminar, el 25. ¿El 25? y el 25, ¿qué? Pues ocurre que fue el día en que mi madre tuvo a bien darme la vida y yo tuve a bien aceptar el regalo y nacer. Es seguro que todos han tenido distintas maneras de festejar el día del niño o el 10 de mayo. Yo tuve una combinada y muy especial manera y no por original, sino por inédita. La ocasión se dio por azares más de calendario que de otro tipo. Fue un 1º de mayo en que todos conmemoramos el día del trabajo sin trabajar. Esta contradictoria fecha en su edición 2006, tuvo la benevolencia de llegar en lunes. Esto ofrecía la nada despreciable oportunidad de salir con destino a ‘cualquierparte’ para evadir breve y temporalmente, el tedio de la rutina de la ciudad. Así empezó todo y ahí estaba yo. Sábado 29 de abril a las 9:15 am con un par de maletas en el auto (nunca he sido compacta para viajar; nunca he sido compacta para nada). Como decía, 9:15 am y ahí estaba yo, llamando a la puerta de la casa de mamá. Ella asomó su eternamente dulce, hermoso y esta vez, también ilusionado rostro por estarnos gastando lo último del sueldo en un fin de semana que nos prometimos muchas veces y ninguna de ellas habíamos cumplido. Yo viviendo en el sur y ella en el oriente, pasar por ella sugería la amenazante promesa de tener que abandonar la ciudad por una carretera libre en lugar de una mucho más veloz y plana autopista. Así fue. Cuando mamá aborda el auto pasan varias cosas. Entre otras, no importa quién viene manejando sino quién viene dirigiendo es decir, ella. Tras varios regaños acompañados de una sabia y bien fundamentada cátedra sobre la secuela pulmonar que fumar supone para cualquiera, se fuma poco y se conduce con prudencia. Soy la única hija con auto que tiene mi mamá así que las experiencias que yo tenga por contar, seguro son únicas. Yo debo -no, corrección- a mí me gusta llevar música que pueda gustarle. Si una canción le gusta más que otra, pide que la repita una y otra vez. Además, su oído adolece del implacable paso de la enfermedad y el tiempo así que, algunas cosas las percibe con cierta dificultad; ya se sabe que hay que subir un poco el volumen. Por alguna razón que no entiendo pero me gusta, cuando estamos juntas surgen frases que se acuñan al calor de esa complicidad que ella y yo siempre hemos tenido. Al más puro estilo que mi intolerancia dicta, empecé a renegar del tránsito que pudimos evitar tomando la amable ruta de la autopista. La bestia de mi mal genio, puede hacerle pasar muy malos ratos pero una voz interior, me pidió paciencia y la sensatez necesaria para no lastimarla con mis habituales quejas y malos modos. Fue entonces que, súbitamente, terminé uno de mis molestos lamentos diciendo -“¿y sabes qué?, no me importa…”- De ahí en adelante durante las 3 horas que nos tomó llegar a Morelos, cada que la brutalidad me inundaba de nuevo, ella luminosa y acongojada decía: -“ay mi niña, te estoy haciendo padecer tanto con el tráfico”- hacía una pausa casi traviesa y completaba -"y ¿sabes qué?, no me importa!”- y rompía en carcajadas. Verla sonreír es algo que no cambio por nada y ella con esa inteligencia brillante que tiene, escribió con la tinta de mi mal humor, una memoria más en las páginas de mi corazón. Como dije, tres horas después, finalmente estábamos registrándonos en la recepción del hotel que nos esperaba. ¡Qué momento más glorioso! El amable encargado de acompañarnos a la habitación, cargó con toda la alegría del equipaje y se encaminó. Debido a la consabida afluencia de prófugos del estrés que el hotel recibía, mamá iba descubriendo con desencanto que nuestra habitación, tenía un número demasiado alejado de lo que ella hubiera querido. Cuando llegamos, desapareció la decepción y riéndonos (una vez más), nos dimos cuenta de lo poco que faltó para que no alcanzáramos a reservar. Ahí vino de vuelta el contento de poder pasar esos tres días juntas y lejos del diario cotidiano. Estar con mamá es un tobogán de sentires. Es adorable, indecisa, exigente (aunque mucho menos de lo que debería), pide una cosa y quiere otra, le enfada el sol, le cansa la silla que le cargo por medio hotel, le pica el pasto, le desespera que no me enfade el sol, le irrita que fume (aunque ya no estemos en el auto), todo le choca, nada le gusta, pero hay un momento en el que descubro que esa mujer a la que ni el cansancio de una dura vida la derriba, esa mujer de mirada profundamente triste, esa mujer que constantemente se declara torpe, ESA MUJER, por razones que nunca entenderé, me ama y me declara la luz y razón de su vida. SIN PALABRAS 6:30 del domingo 30 de abril…cae la tarde, empieza a correr un fuerte viento que provoca una lluvia de hojas que todos los huéspedes celebramos y agradecemos con la mirada y uno que otro loco, con la cámara fotográfica en la mano. Mamá llega a la alberca en la que me encuentro, una hora antes de la pactada para cenar en uno de los restaurantes más bonitos del hotel. Supone que ese viento puede estar anunciando lluvia y decide caminar desde su distante habitación hasta la parte central del hotel. Verla sonriendo caminar hacia mí sobre el piso antiguo de la hacienda, entre arcos, cascadas y piscinas, haciendo una seña de “yuuju, aquí estoy”, como si su pausado y elegante caminar no brillara increíble y yo no lo notara, me dibuja inevitablemente una sonrisa que me viaja desde el alma hasta la garganta para convertirse en “hola, hermosa!!” Abandonamos la alberca y nos encaminamos al restaurante al que le falta casi una hora para abrir sus puertas. Mamá decide que, aprovechando la anticipación, debemos registrarnos en la lista de espera. Se anuncia con la hostess y buscamos un lugar confortable del lobby para esperar pacientemente a que den las 8:00. Ella decide fumarse uno de mis cigarrillos con la estorbosa salvedad de que le apena hacerlo si es observada por algún extraño. Nunca entenderé porqué le avergüenza eso de fumar. No es bueno, pero tampoco le encuentro motivo de bochorno. Discutimos porque ella quiere sentarse en un rincón donde nadie la vea y yo opino que no es necesario ocultarse sobre todo porque no veo de quién. No encuentro a nadie con mirada inquisidora que amerite replantear nuestra cómoda ubicación. Mamá resuelve terminar con la discusión fumando donde mejor le parece y yo, por mi parte, yéndome a sentar donde mejor me parece también. Ella termina su misteriosa tarea de fumar a escondidas y se acerca para finalmente sentarse a mi lado a leer mientras pasa el tiempo y llega la hora de cenar. Lo mío nunca ha sido la paciencia así que empiezo un inquieto recorrido por los pasillos. Subo, bajo, regreso, todo el tiempo con la cámara en la mano. Estos necios ojos míos, se la pasan viendo fotos en todas partes y momentos. A mamá le desespera que le tome una y cien fotos así que, en casi todas las que le tomo, aparece hablando y reclamándome el asedio. Yo siempre le digo que si tan solo reclamara menos, seguro mi colección fotográfica contaría con más sonrisas suyas de las que ya de por sí cuenta ahora. 8:00 en punto; llegamos al restaurante y vemos con cierto desconcierto que a pesar de nuestra puntualidad, ya ha pasado una buena cantidad de gente y peor drama, esa gente está sentada en las mesas más solicitadas: las orillas… todo porque esas “afortunadas” mesas, dan a los jardines y cascadas del lugar. Haciendo a un lado el evento, mamá encuentra la fortuna de que sean esas y no las centrales, las mesas que se han ocupado porque en pocos minutos, empieza esa lluvia que el viento y mamá pronosticaban casi dos horas antes. Nos sentamos a la luz de un centro de mesa con vela que hizo del momento, la antesala de lo que minutos más tarde se convertiría en la mejor cena que he tenido en toda mi treintañera vida. Tras ordenar nuestros platillos, empieza no sé cómo una plática de amigas como todas las que solemos sostener mi madre y yo. Estoy segura de que esa plática será lo único que le agradeceré eternamente al cigarro. Como siempre, mamá usaba su autoridad, y su cariño también, para persuadirme y convencerme del grave daño que me hago fumando. Fue entonces que sin proponérselo, empezó el relato sin alardes de heroína (aunque lo es, y de las grandes). Cierto 25 de mayo nació su cuarta, primera y última hija; cuarta porque antes de mí llegaron 3 varones, primera porque fui la primera mujer que paría mi madre y última porque no volvió a meterse en la aventura de embarazarse. Por esas cosas que tiene la vida, durante mis primeros años mi salud no fue la mejor. Gripas y congestiones iban y venían a un ritmo agotador. Ella, como le dictaba su naturaleza amorosa y maternal, cuidaba de mí como nadie jamás lo habría podido hacer. En medio de tantas crisis respiratorias vino el diagnóstico: bronquitis crónica. En estos tiempos en los que se ve todo tipo de casos tan dolorosos como dramáticos e insalvables, una bronquitis bien podría parecer poca cosa pero, en los tiempos que sean, para mi madre fue una dura tarea que además, enfrentó sola sin ninguna buena razón para estarlo. Su relato siguió…-”...enfermabas, superabas la crisis, estabas bien una semana y enfermabas otra vez”- Describió cómo el sonido de mi pecho, le anunciaba que ahí íbamos de nuevo. Me habló de incontables y consecutivas noches en vela, metida junto conmigo en una agobiante nube de vapor. Me contó cómo hacía una burbuja gigante ayudada de la sábana de mi cama que hábilmente atoraba en la cresta de la cabecera para que el vaporizador concentrara su trabajo en descongestionar mis debiluchos pulmones. Un mal día, por ahí de mis dos años de edad, la enfermedad se tornó furiosa y en un acto de amor y desesperación, me llevó en brazos a la regadera defendiendo la vida de alguien que apenas conocía y que no le había dado más que sustos y desvelos. La escena se puso cada minuto más difícil y hubo que acudir al pediatra que vivía a la vuelta de la casa y del que nunca sabremos qué vio. El hecho es que determinó suministrar una dosis de adrenalina. La estrujante imagen de esa anécdota, no pudo más que dibujarme un cuadro de increíble amor mutuo entre la que se quería quedar a ver de qué se trataba la vida y la mujer que haría todo, menos perder a su cuarta, primera y última hija. Cuando más metida estaba en sus palabras, se me ocurrió preguntarle cuánto tiempo había tenido ella que pasar por eso y así, con una serenidad impecable, sin ningún asomo de reproche en contra de mi débil salud, contestó: -“desde que naciste, hasta los 6 años”-. ¡Seis largos años! Debo decir que la enfermedad terminó a los 6 pero los cuidados, el sacrificio y el amor que ella me procuró en esos tiempos, continúan aquí, permanecen intactos, incondicionales; me siguen en cada paso, en cada error, en cada tropiezo y en cada dolor y si hay algo que hoy, a mis casi 33 puedo asegurar, es que me acompañarán e iluminarán el camino hasta mi última respiración. Esta historia de dos amigas y cómplices que ademas son madre e hija, no termina aquí. Esta no es la única página memorable que tengo por contar, pero sí es una de las que más me hace agradecer que Dios nos haya puesto en el mismo camino.